Desde que estoy con ella, mi mundo ha cambiado. De repente, sólo existe ella
y si algo le sucediera a nuestra relación, mi vida se derrumbaría como un
castillo de naipes. Este es uno de mis mayores temores, y lo es porque no sabría
volver a construir el hermoso castillo, ni siquiera su camino de rosas. Antes,
cuando dormía por las noches, solía acostarme pensando en su larga y morena
melena, en sus brillantes ojos de enamorada jovial cuando me miran fijamente,
y en el olor a mora que desprende su cuerpo a causa de uno de sus perfumes.
Dicen que las mujeres maduran como el buen vino, yo creo que esta mora está en
su punto, aunque desde hace tiempo la noto distinta, algo diferente. No logro
averiguar qué, seguramente sea algo invisible pero perceptible. No se puede tocar
pero lo sientes. Es increíble lo mucho que ha evolucionado, cuando la conocí en la
universidad hace tres años era una chica más, la típica chica de primero de carrera.
Y digo típica porque a ella le encanta utilizar este adjetivo. Lo que no me explico a mi
mismo es como he tardado tanto en descubrir este diamante en bruto, esta perita en
dulce, ese corazón deseoso de ser mimado o esos labios pecaminosos luchando por ser
correspondidos... Dicen que tú no buscas el amor, sino que es al revés, él es el que te
encuentra. Y tenían razón, tanto tiempo esperando encontrar a la chica perfecta,
a mi supuesto ideal de belleza hasta que entonces...llegó ella.




